Dijo que era virgen y no me importó. Conduje hasta el hotel, pagué, entramos. Me impidió que pidiera champagne. Yo ansiaba acariciar todo su cuerpo. Cuando salí del baño, me pareció poética su imagen en el balcón abierto. La quise abrazar, pero comenzó su ascensión. Sólo alcancé a quedarme con un zapato suyo. Blanco. Lindo. Me carga la chingada. Tengo que aprender a escuchar.